50 años de Watergate: La prensa y la caída d Nixon

cuando el periodismo salvó la democracia

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ESTADOS UNIDOS

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Decía el gran so­ciólogo Herbert Gans en 1960 que las noticias no son más que el ejercicio del poder sobre la inter­pretación de la realidad. Cuando se contempla­ba en aquellos tiempos el trabajo de los periodistas se tenía certeza de que el servilismo al poder era la nota dominante de la ta­rea de los trabajadores en los periódicos, las emiso­ras de radio y las cadenas de televisión y que, como otra socióloga –Gaye Tu­chman– decía con acier­to, las noticias eran todas “novedades sin cambio”.

Durante siglos ya, el periodismo ha podido ser, y sigue siendo, una simple costra de conoci­miento común domina­do por los intereses de las fuentes que proporcio­nan la mayoría de los da­tos: las fuentes del poder.

Sabemos muy bien, porque lo vemos hoy en día, que el oficio periodís­tico, como el propio ser humano, puede degra­darse hasta los más bajos instintos. La prueba del mal periodismo la tene­mos, desgraciadamente, ante nuestros ojos todos los días porque esta pro­fesión es una de las pocas que está sometida a vigi­lancia pública constante –lo cual es bueno y es ma­lo a la vez–.

Los periodistas hacen su trabajo ante los ojos y oídos de sus lectores, oyentes o espectadores y eso les hace particular­mente vulnerables y dé­biles. Sin embargo, el pe­riodismo también puede elevarse hasta constituir un ejemplo para la socie­dad. El comportamiento ejemplar de algunos pe­riodistas en medios como la prensa, la televisión o la radio los convierte en modelos de honestidad y de ejercicio de democra­cia. Y esto es lo que ocu­rrió en Watergate. Aquel caso cambió para siem­pre a la sociedad moder­na, a los periodistas y al ideal que esta profesión debe tener.

Fontaneros y micrófonos
El 17 de junio de 1972 –se cumplen ahora los 50 años– unos ladrones que habían entrado en la se­de del Partido Demócrata en el edificio Watergate de Washington fueron deteni­dos. Se trataba de “fonta­neros”, espías y delincuen­tes al servicio del gobierno de Richard Nixon, enton­ces presidente de los Esta­dos Unidos. La misión de estos gángsters a sueldo de Nixon era comprobar que los micrófonos que espia­ban al partido rival seguían funcionando correctamen­te. Nixon dedicaba muchí­simo dinero público a con­tratar espías y sabotear a los opositores demócratas. Usaba y controlaba miles de dólares de donantes al partido y dedicaba los ser­vicios de inteligencia gu­bernamentales a espiar, malversar y manipular to­da la maquinaria del esta­do norteamericano.

Todo esto, como vemos, es más que actual y nos pa­rece de lo más corriente en 2022: tramas similares co­mo Cambridge Analytica y Gürtel o Pegasus son casos muy similares de nuestros días en los que políticos y go­biernos juegan sucio igual que Nixon lo hizo en Water­gate. ¿Qué fue distinto, en­tonces, en Watergate? ¿Por qué fue tan importante?

Cuando el asunto del robo en la sede demócra­ta llegó a The Washing­ton Post, el equipo directi­vo de este periódico tomó una decisión fundamental: seguir el caso. Continuar la pista de aquel asunto y de su trama de intereses y dinero era una apuesta complicada, porque iba a ser muy difícil demostrar el espionaje del presiden­te del Gobierno, a pesar de que era claro. Como hoy en tantos casos, la certeza era total, pero demostrar­lo era difícil. Sin embargo, dos periodistas de investi­gación, uno más veterano y otro más joven, llamados Carl Bernstein y Bob Wood­ward, recibieron el encargo de profundizar en el asun­to, de modo que su trabajo hizo crecer el interés por el tema en los lectores.

Bernstein y Woodward: periodismo ejemplar
La calidad del seguimiento de Bernstein y Woodward se acompañó del interés de otros medios, formando tal espiral de atención pú­blica en prensa, radio y te­levisión, que finalmente en 1974 el presidente Richard Nixon dimitió por el caso Watergate.

Los dos periodistas de investigación consiguie­ron probar que Nixon te­nía una red de corrupción y malversación de fondos que afectaba al departa­mento de Justicia, al FBI y a los jueces de la Corte Su­prema, con los que el pre­sidente intentó además encubrir los hechos y es­conder lo ocurrido.

El asunto cobró un in­menso interés en los me­dios de comunicación nor­teamericanos, que en las vistas orales del proceso ante la Corte Suprema se­guían masivamente en te­levisión la revelación de las pruebas contra Nixon y las artimañas del presiden­te para grabar a sus rivales y hacer dimitir a sus fun­cionarios honestos. A pesar de haber sido reelegido en medio del proceso, final­mente el presidente dimitió porque perdió toda autori­dad moral y respaldo en sus propias filas. Watergate fue el primer gran caso moder­no en el que los medios de comunicación tuvieron la capacidad de generar aten­ción hacia la corrupción política del más poderoso gobierno del mundo. Los periodistas de investigación siguieron durante meses y meses las filtraciones y las pruebas de sus fuentes –la famosa “garganta Profun­da” que desde círculos cer­canos al poder proporcionó las pistas a los dos periodis­tas, en un oscuro parking de la ciudad–.

Fue el primer ejemplo de la capacidad del periodismo de investigación para derro­tar al fraude y a la mentira. A partir de este ejemplo, los periodistas y los medios de medio mundo tuvieron un modelo de cómo trabajar.

The truth, no matter how bad, is never as dange­rous as a lie in the long run (La verdad, por mala que sea, nunca es tan peligro­sa como una mentira a lar­go plazo) es la frase de Ben Bradlee, director de The Washington Post durante el caso Watergate, que preside la redacción del periódico. Shutterstock / Nicole Glass Photography

La validación de las fuentes
La triple validación de la información de las fuentes se convirtió en un protoco­lo periodístico: desde en­tonces, los periodistas sa­ben que los datos de una fuente hay que contrastar­los con otras dos. La resis­tencia a las presiones so­bre el propio periódico fue un modelo de integridad en el trabajo. Y aunque hu­bo momentos muy difíciles, la constancia y la diligencia de The Washington Post se convirtieron en la mejor de­fensa de la democracia y el respeto a sus valores para todo el mundo.

Watergate no ha sido ni el primero ni el único de los ca­sos célebres en que el perio­dismo se convierte en el ojo público que vigila por nues­tros derechos y libertades.

Esta profesión, a la vista de todos, existe para defender nuestros sistemas de liber­tad y de respeto a la verdad y protegernos del desastre. Hoy, más que ayer, recordar Watergate es volver a defen­der nuestro futuro.

Publicado originalmente en https://theconversation.com/watergate-cuando-el-periodismo-salvo-la-demo­cracia-184803

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