Sí, la campaña pasó, pero los problemas se agravan

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Un amigo, excandidato gobiernista que el Gobierno no apoyó, comentó, en un post que colgué en la red social X hace unos días, que “ya las elecciones pasaron” y que “no podemos apostar a derrumbar el país” porque “es de todos”. El comentario, abrazado a un viejo dejo fraterno perdido en el fragor de la pasada campaña electoral, lo causó el contenido de mi opinión sobre una publicación de SIN hecha en el mismo espacio del diálogo virtual que daba cuenta de una ola de violencia, “robos y atracos”, que “estremece” la provincia de Monte Plata. Yo, a la luz de los últimos acontecimientos -con sucesivos asaltos a bancos-, añadí

La información servida por el medio informativo se produce en medio de una ola de violencia que no fue creada por los discursos de campaña, sino por la realidad que muestran las estadísticas que, aunque fueran manipuladas, pueden ser contrastadas por la auditoría visual que a diario hacen los ciudadanos de manera involuntaria, cada vez que se enfrentan a las estresantes pantallas de televisión o dispositivos móviles que muestran minuto a minuto el terror que la delincuencia ha implantado en toda la geografía nacional.

Nadie, en su sano juicio, quiere vivir en semejante estado de violencia y paranoia colectiva; los hechos no fueron una creación artificial de la campaña. Lo que hizo la oposición en el marco del ejercicio proselitista, fue mostrar la realidad, y poner, como preocupación honesta, la incapacidad del Gobierno para hacerle frente a este y otros males que afectan la calidad de vida de los dominicanos, que sigue empeorando y comienzan a sentir más en la medida que la dosis anestésica baja y el dolor comienza a traspasar los umbrales de la distracción, expresada en comentarios pagados, en noticias manipuladas: periodistas, comentaristas y medios de comunicación tarifados, convertidos hasta hoy, en panfletarios y panfletos; expresada en el uso de los programas sociales con fines electorales; en la compra de funcionarios electos de partidos contrarios al proyecto del presidente de la República; en fin, expresada en el hurto del dinero de los contribuyentes para comprar una elección de la misma forma burda que, para comprarla, compraron cédulas frente a los recintos electorales.

Es cierto que la campaña electoral pasó. Lo que no ha pasado y estamos viviendo, además de la violencia callejera, es la continua alza en el precio de la tarifa eléctrica, que este mes comenzó a desbocarse; el alza en los medicamentos, la comida, el transporte de pasajeros y carga, de acuerdo con lo anunciado por los sindicatos del transporte; quiebra de productores, pequeños comercios, y cierre de franquicias. ¿Era un recurso de campaña denunciar el deterioro en el servicio de entrega de pasaporte? El drama de las entregas lo viven día a día los que procuran el servicio, que no sólo se enfrentan a citas prolongadas y largas filas, sino al chiquero en que han convertido aquel (y otros) espacio de servicio.

Como los efectos de la anestesia proselitista van pasando, ahora el cuento de que los chelitos rinden –“convencimiento” que los llevó a incrementar la nómina pública en 100 mil millones de pesos- se cae, pues las obras están paralizadas, el déficit fiscal (3.1) ahoga la administración, los préstamos, que superan los de todos los gobiernos anteriores juntos, están generando compromisos de deudas que afectan casi el 30 por ciento del presupuesto público. Por esto les urge una reforma fiscal que podría ser dolorosa para el pueblo. Sería una locura apostar al deterioro del país y al sufrimiento de todos. Lo que no podemos es, ser cómplices.

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