«Hay un país en el mundo»

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La vigencia de un clásico contemporáneo

Tres momentos vividos con Pedro Mir, me permiten introducir estas palabras, pero también el nacimiento de su libro «Hay un país en el mundo» editado en La Habana en 1949.

El primero momento fue cuando un grupo de jóvenes poetas, que lo éramos para aquella época, nos enteramos de que el autor de «Contracanto a Walt Whitman», tendría una lectura de poemas en el Club Náutico. Fue nuestra oportunidad para acercarnos a él como el grupo literario La antorcha. Al terminar el acto, nos acercamos con nuestros folders llenos de poemas, y, cuando se los íbamos a mostrar, se alegró de que existiera en el país un grupo de jóvenes poetas. Nos preguntó si habíamos tratado de imitar la poesía de Rubén Darío. Nosotros, muy seguros, le dijimos que no, que nuestra poesía era original. Y continuó preguntándonos si habíamos tratado de imitar cómo escribía Neruda, cómo escribía Lorca y otros poetas conocidos, y nosotros, más seguros aún, volvimos a contestar que no. Entonces nos dijo: Pues comiencen a hacer eso, traten de imitar cómo escriben los grandes poetas, pero no para que les pongan sus nombres, sino porque ese aprendizaje es fundamental para cualquier poeta que se inicia, incluso; deben estar seguros, después de escribir esos trabajos imitativos y comenzar, ustedes, a hacer sus obras.

Sin duda, fue muy amable con nosotros y nos invitó a visitarlo a su casa. Así continuó aquel diálogo que nos puso en contacto con quien devendría en ser nuestro Poeta Nacional.

El segundo momento que quiero compartir con ustedes, fue cuando salió en la editora siglo XXI, de México, el libro Viaje a la muchedumbre, con un estudio del gran escritor mexicano Jaime Labastida, en cuyo prólogo se preguntaba: ¿Cómo un autor como Pedro Mir, no era más conocido a nivel internacional y por qué en todas partes no aparecía al lado de Pablo Neruda, Nicolás Guillen u otros Poetas de su estatura? También se publicó para la época una antología en homenaje a Walt Whitman donde Mir estaba incluido junto a Rubén Darío y a Pablo Neruda. Compramos ese Libro en la librería Escofeten la calle Nouely fuimos entusiasmados a la casa del poeta a expresarle nuestra satisfacción por el homenaje que le rindieron.

Nos dijo lo siguiente: «Estoy muy feliz, pero cambiaría parte de mi obra por algún bienestar material que me permitiera sobrevivir con mi familia y poder seguir escribiendo». Esto generó un poema al escritor puertorriqueño del grupo Guajana, Vicente Rodríguez, con el título «El poeta no quiere más aplausos», donde llamaba a los dominicanos a que protegieran y apoyaran a ese escritor que ellos también consideraban suyo, pues era, el auténtico antillano del Caribe Hispánico, de madre puertorriqueña, padre cubano, y él, dominicano.

Y el tercer momento que quiero compartir con ustedes, es mi diálogo con él en la tertulia del Hostal Nicolás de Ovando, que dirigía la gestora cultural Verónica Sención. Cuando le hablé de la vigencia de «Hay un país en el mundo» me dijo que él entendía que no era vigente, pues ya; ni el azúcar, ni los ingenios eran la espina dorsal de la economía y que el país se había transformado, desde la ruralidad hacia el predominio de las ciudades. Insistí, en que la vigencia tenía que ver con su condición de clásico contemporáneo, sonrió y el tema quedó abierto para yo tratarlo, ahora, con ustedes.

Extraigo una cita de José Patricio Briceño Lazo, que expresa:

Una obra clásica de la literatura es aquella que perdura a lo largo del tiempo. Sobre ella, existe un consenso universal que reconoce su calidad y su aportación al patrimonio cultural de la humanidad.

Son obras modelo en su género. También son obras que reflejan con una gran calidad y profundidad los grandes temas que preocupan a la humanidad, los universales, independiente de la cultura o la época. Son obras que no se pasan de moda, que siguen interesando a las personas a través de generaciones, aunque hayan sido escritas hace cientos o incluso miles de años.

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A veces la cuestión sobre si una obra es clásica suele surgir con obras de autores y autoras contemporáneos/as, ya que no tienen a su favor el paso de los años para demostrar su continuidad. (2014)

Los factores literarios de calidad, expresados en la estructura formal y en los méritos estéticos que se derivan de este libro, le dan la categoría que hemos expresado. La adquirió por su valor artístico, por estructurar en un espacio escritural, aspectos del verso libre y otros relacionados con la rima, bebió de las fuentes esenciales de la estructuración poética universal, pero le dio sus características particulares que se expresan, desde el principio hasta el final, en todo el entramado lírico de este texto, sin dudas, mágico.

En el ensayo «Estructura rítmica de “Hay un país en el mundo”, de Pedro Mir» de la autoría de Marlene Gottlieb:

La poesía de Pedro Mir pertenece a una larga tradición de poesía comprometida auditiva, poesía destinada a ser recitada en la plaza pública, “en plena voz” como diría uno de sus máximos exponentes, Vladimir Maiakovski y agregara refiriéndose a los aspectos formales “A través de la reiteración aliterativa de sonidos, palabras y frases, las rimas dispersas y la repetición sintáctica paralelística y de polisíndeton, Mir consigue el máximo efecto sonoro. (2001)

Desdeñar los aspectos de su contenido o referirse a ellos como el aspecto central, sería desconocer que la obra de arte, cuando lo es en forma auténtica, no solo puede ser explorada con una visión contenidista, pero tampoco puede llegar al extremo de valorar solamente los aspectos estructurales. Se trata, en realidad, de un equilibrio obtenido a través de un proceso escritural donde parecería que la oralidad y lo escrito van de la mano. Sabemos que la poesía nació, valga la redundancia, con la misma oralidad de los seres humanos, porque, aunque la naturaleza ha creado bellezas indescriptibles, solo obtuvieron esa condición cuando fue percibida por un ojo y descrita por la racionalidad humana.

La poesía oral y la literatura, en su conjunto, cuando dieron paso a la escritura, no se olvidaron de la oralidad, por eso «Hay un país en el mundo» no solo se leyó y se oyó leer con maestría a su autor desde la década del sesenta cuando se abrieron las puertas a los exiliados y a los presos políticos y se comenzó el ensayo democrático que vivimos hasta el día de hoy. Fue entonces, este poema, que cumple 70 años, la bandera exhibida por un grupo de poesía coreada y por recitadores individuales en todo el territorio nacional, convirtiéndose en un himno que entonábamos todos en favor de la libertad, de la soberanía y de una auténtica democracia.

El escritor José Rafael Lantigua en su ensayo «Setenta años de “Hay un país en el mundo”» lo expresó de forma inmejorable:

Con él, con su voz poética dulce y fuerte, cantó la patria toda, en las aulas, en las oficinas, en las reuniones obreras, en los convites campesinos, en los talleres, en las ensenadas y en los montes, en la urbe y en el campo. La patria entera aprobó el amor para quebrar su inocencia solitaria. Y en medio de esta tierra recrecida, los dominicanos rescataron su historia de signos ominosos, para crear con ella sus nuevos haberes y su nueva canción. Esa canción, surgida en su exilio habanero, le venía brotando desde su vieja preocupación social y la alumbró seguramente en tardes y noches donde su pequeña República en relieve se le aparecía sórdida y mancillada, se le ofrecía somnoliente y triste ante una ausencia que sabía –o no sabía– larga y quejumbrosa. (2019)

Ese clásico de la literatura contemporánea bebió de las fuentes populares y volvió a esos espacios como un llamado a la utilidad del arte, pero su autor se cuidó como auténtico creador de que no se quedara solo en los oídos de miles y miles de entusiasmados oyentes, sino que sus valores literarios y estéticos permanecerán por siempre entre nosotros. Muchas de las palabras y contextos que aparecen en el Quijote, y en obras de Góngora, Quevedo, Baudelaire, Whitman, o de Shakespeare ya no existen, incluso textos que se escribieron en latín, u otros idiomas denominados lenguas muertas, siguen viviendo por su clasicidad.

No importa que desaparezcan los ingenios, que la vida rural se vaya quedando en nuestros recuerdos, «Hay un país en el mundo» como obra clásica contemporánea, seguirá viviendo tal como ha vivido el auténtico arte para siempre.

Mateo Morrison es poeta, Premio Nacional de Literatura.

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