Para las personas preocupadas por la conservación de la vida en el planeta, la mejor noticia será la de haber encontrado una energía limpia. Pero mientras llega ese momento, tendremos que conformarnos con potenciar aquellas que sean “limpias”, esto es, con el menor impacto posible en los ecosistemas. El problema se presenta cuando se publican artículos que ponen en duda lo que se piensa que puede ser una solución.
Imagen superior: Complejo de generación de energía de Belo Monte, en el Amazonas Crédito: Kirk Winemiller/Texas A&M
El ejemplo que se analiza en la publicación es el de las presas hidroeléctricas que están o bien en construcción o en las últimas fases de diseño en los tres mayores ríos del planeta. Tanto el Amazonas como el Congo y el Mekong se encuentran en esta situación. Y no es que se vaya a represar una parte, es que en todos ellos se planea múltiples presas. Incluso cientos de ellas en alguno.
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Sumadas las especies de estas tres cuencas, estamos hablando de un tercio de la biodiversidad de especies de peces de agua dulce – un término que deberíamos desterrar, por cierto, siendo más correcto acuáticas epicontinentales. Todas estas especies se verían fuertemente afectadas, y la gran mayoría se encontraría en un serio peligro.
Si la cosa se quedase ahí, ya sería un problema importante. Pero a todo esto hay que añadir el impacto que las presas tienen en los ecosistemas circundantes. Por una parte, en los bosques, ya que muchos hay que deforestarlos – para la fase de construcción, y también por seguridad. Pero no es lo principal.
Al construir presas, las comunidades locales se ven desplazadas. Más que nada porque muchos pueblos, campos de cultivo y demás quedan anegados por el agua. Esto supone un impacto extra en la biodiversidad, que muchas veces olvidamos. La agricultura, sobre todo la tradicional, es esencial para conservar la naturaleza.
Pero, ¿no se realizan estudios de impacto ambiental al diseñar las presas? Se supone que en estos análisis se toman en consideración todos estos factores. Y sí que se hace, el problema es cómo y cuándo.
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En la gran mayoría de los casos, los estudios de impacto no se terminan hasta que la presa ya está en construcción. Y en los pocos que se acaban a tiempo, la influencia sobre el diseño final es mínimo. Aún así, esto no es lo peor.
Para realizar su estudio, los investigadores han analizado los estudios de impacto de las presas proyectadas en estos tres ríos. Y se han encontrado con que los estudios de impacto son locales. En ninguno de los casos se ha realizado un estudio global, a nivel de cuenca hidrográfica. Es decir, que no se ha estudiado el efecto acumulativo de tener una presa, y un poco más abajo otra, y aún otra más allá. Algunas en afluentes, otras en el cauce principal…
Al final, a la conclusión a la que han llegado los científicos es que no se puede negar que estas presas produzcan energía, o den trabajos. Lo que no se puede decir con seguridad y rigor es que produzcan beneficios, ni siquiera que los beneficios sean mayores que los impactos. Y que deberíamos andarnos con más cuidado.
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