Verapaz llora a sus muertos y busca a los desparecidos
Noviembre 10, 2009 • Articulos Relacionados • Secciones• Clic en imagen(es) para agrandar

La localidad de Verapaz, en San Vicente, se ha convertido en escenario de muerte e incertidumbre, luego de que las lluvias arrasaran con las casas y las vidas de muchos de sus habitantes
“Tan contento que me tenías, hija ¿por qué Dios te llevó antes que a mí?”, decía Catarino Arévalo, mientras lloraba sobre el cadáver de su hija, Besy, que yacía dentro de un ataúd. La niña , de cinco años, fue una de las tantas víctimas de los estragos que causaron las lluvias en Verapaz, San Vicente.
Ayer fue enterrada en el cementerio general de San Isidro, junto a otras siete personas. Ocho ataúdes y decenas de dolientes salieron de la iglesia de la localidad, donde se refugiaban, a mitad de la mañana. Unos lloraban y otros entonaban cantos religiosos para menguar la tristeza. El canto se escuchaba hasta el cementerio, donde los sepultureros ya los esperaban. “Ahí vienen”, dijo uno al oír los cantos desde lejos.
Entonces cogieron las palas y se aprestaron a seguir a las familias que cargaban los ataúdes y pisaban las tumbas de otros, en un afán por encontrar el nicho que le correspondía a sus propios muertos.
El cementerio, que minutos antes permanecía en silencio, pronto se llenó de gritos, llantos desconsolados y desmayos de madres que daban el último adiós a sus hijos.
Después de despedirse de su hija, Catarino se hundió en un mar de familiares y amigos que se acercaban a él y le ofrecían ayuda para buscar a sus otras dos pequeñas que aún están desaparecidas.
Su esposa las perdió en un intento por salvarse ella misma de la corriente de rocas y lodo que arrasó con la mayoría de viviendas del Barrio Las Mercedes.
Ana de Arévalo, que tiene seis meses de embarazo permanece en estado delicado de salud en el Hospital de Maternidad, en San Salvador.
Los desparecidos
En las Mercedes abunda la gente que asegura que hay muchos otros debajo del lodo.
“Acá hay gente enterrada”, aseguró Gladis Vargas, de 80 años.
Ella preguntaba por doña Elba de Alfaro, por don Luis Alfaro y por doña Isabel Meléndez, que no aparecen en albergues ni han sido vistos después que el alud soterrara el barrio entero.
Junto a Gladis, muchos otros habitantes regresaron a sus casas, con la esperanza de encontrar a sus familiares y amigos ausentes.
En el mejor de los casos, con el alivio de saber de todos sus seres queridos sanos y salvos, aunque entre los escombros de sus casas.
Nadie se animaba a entrar a las viviendas, cuyos techos incluso podían llegar a la cintura de cualquier persona, porque el lodo aún estaba fresco y amenazaba con tragarse al que se atreviera a ir más allá de lo permitido.
Avanzaban lo necesario, para mirar por encima del techo, buscando algo que pudieran rescatar.
Muchos andaban descalzos, con los zapatos en las manos, en un intento por proteger quizás las únicas prendas que les quedaban. Los que más se esforzaban eran los ancianos, que carecían ya de la agilidad que les permitiera esquivar el lodo, las piedras y los escombros por doquier.
“Ahora sí se acabó Verapaz”, dijo desconsolada Genara Rodríguez, de 74 años, que vio los destrozos que años anteriores causaron los terremotos que han azotado al país, desde 1986. “Nada ha sido tan terrible como eso. Vamos a necesitar mucha ayuda para levantar Verapaz otra vez”, aseguró.
