La increíble historia de Marita Lorenz, la amante que pudo haber matado a Fidel Castro

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En sus flamantes memorias, la mujer que enamoró al dictador cubano en los albores de la Revolución cuenta todos los detalles de la turbulenta relación y el fallido intento por acabar con su vida

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Marita Lorenz junto a Fidel Castro, en La Habana a comienzos de 1960.
Marita Lorenz junto a Fidel Castro, en La Habana a comienzos de 1960. Crédito: AP
Marita Lorenz, la primera amante que tuvo Fidel Castro cuando llegó al poder en Cuba, asegura en las entrevistas que ha concedido para presentar sus flamantes memorias «Yo fui la espía que amó al comandante» (Paidos), que solo se arrepiente de una cosa en la vida: no haberse quedado en la isla después de renunciar a convertirse en la asesina del líder de la Revolución Cubana.
Su turbulento idilio con el dictador cubano en 1959 desembocó en lo que ella creyó ser un aborto y que la empujó confusa a EE. UU., algo que la CIA aprovechó para convencerla de viajar a La Habana con dos píldoras para asesinar a Castro a finales de 1960.
«Puse las pastillas en un tarro de crema facial, pero eran cápsulas de gel, así que no funcionó, quedó todo viscoso», recuerda.
Consciente de que Lorenz se había relacionado con los círculos anticomunistas, Castro no tardó en preguntarle si había venido a matarlo, y ella confesó de inmediato.
 
«Nunca olvidaré ese momento, agarró su pistola, me la entregó y me dijo: ‘Aquí tienes, puedes matarme’. Le dije: ‘No quise matarte la primera vez, no quiero matarte una segunda'», relata.
Según Lorenz, Castro recuerda ese incidente con humor, «dice: ‘Mi novia trató de matarme’, lo convierte en una broma».
 
A continuación, un fragmento del libro.
En el vuelo de Miami hacia La Habana para reencontrarme con Fidel, me entró pánico de que al llegar a Cuba fueran a registrarme y encontrar las pastillas con las que debía matarlo, así que decidí sacarlas del bolsillo del pantalón donde las llevaba y meterlas dentro de un bote de crema facial Ponds.
El temor al registro se demostró poco después infundado, y cuando aterricé no hubo exámenes de mi equipaje ni interrogatorios en el aeropuerto, así que, sin demora, me dirigí a mi primera parada, el hotel Colina. Me cambié de ropa y, ya vestida otra vez con mi uniforme honorífico, desde allí me encaminé al Habana Libre. Era un verdadero manojo de nervios, pero conseguí no mostrarlo, saludé a todo el mundo en el vestíbulo y subí al ascensor; llegué a la planta 24, me encaminé hacia la habitación y en la puerta volví a usar la llave. Abrió, entré y vi que Fidel no estaba allí. Saqué entonces el bote de crema del maletín y al quitarle la tapa observé que las pastillas estaban casi desintegradas, convertidas en una especie de masa pastosa. Estaban destrozadas y de todas formas no tenía intención de usarlas, así que me pareció que lo más seguro sería tirarlas por el bidé. Se resistían a irse por el desagüe y tuve que intentarlo varias veces, pero al final las vi desaparecer y cuando lo comprobé me relajé y respiré. Me sentí, ante todo, libre.
No mucho después, Fidel llegó al cuarto y me puse muy contenta al verle, aunque él parecía distante y tan ocupado como siempre.
—¡Oh, Alemanita! —exclamó cuando me vio.
De mi boca salió un «te extraño mucho», lo primero que se me ocurrió decirle.
—¿Dónde has estado?, ¿con esa gente de Miami, con los contrarrevolucionarios? —preguntó entonces. En realidad, sé que no buscaba una respuesta, y lanzó un largo suspiro en el que yo pude leer un «no me contestes, ya lo sé». Luego se sentó en la cama, se quitó las botas llenas de barro y se tumbó. El cenicero estaba lleno de puros, esos Romeo y Julieta que le hacían especialmente para él con su retrato y la fecha de la liberación en el anillo.
—Tengo que preguntarte qué me pasó aquel día de la operación, qué paso con nuestro hijo, esa es la primera razón por la que estoy aquí —dije entonces.
—¿No para matarme? —respondió.
Como hacía siempre con todo el mundo, Fidel me habló entonces mirándome directamente a los ojos y no me quedó más remedio que decirle la verdad.
—Sí.
Entonces sacó su pistola de la cartuchera, se la puso primero en su regazo y luego me la dio. Yo la empuñé, la miré y le miré a él, que seguía tumbado, había cerrado los ojos y dijo:
—Nadie puede matarme. Nadie. Nunca jamás.
—Yo puedo —rebatí.
—No lo harás —zanjó.
Tenía razón: no iba a hacerlo, no quería hacerle daño y nunca lo había querido, por más que hubiera intentado decirme a mí misma que tenía que odiarle lo suficiente como para matarle. Solté la pistola y, de repente, sentí una gran liberación. Me puse a llorar. Él lo vio y me dijo que me acercara a la cama. Me arrodillé allí a su lado y, sin poder contener el llanto, en un estado de histerismo, fuera de control, volví a exigirle a gritos respuestas sobre nuestro hijo. Golpeé la cama e incluso le pegué y me abalancé sobre él, que seguía muy calmado y con mucha dulzura intentó apaciguarme.
—Todo está bien, todo está bien.
—No —repliqué insatisfecha—. ¿Qué pasó?
—Lo arreglé todo. El doctor está acabado.
—Pero no sé lo que pasó —protesté.
—Lo sé, lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Yo sé todo. No hay problema. El niño está bien.
«El niño está bien». ¡Mi hijo estaba vivo! Quería verlo, abrazarlo, y empecé a intentar convencer a Fidel, pero él se resistió cortándome con un «está en buenas manos» y me contó que estaba bajo el cuidado de los Fernández, aquellos profesores que yo había visitado varias veces. Quise salir corriendo, ir a aquella casa, pero sabía que era imposible porque mi tiempo en la isla era limitado. En Miami esperaban a que regresara con la misión de asesinato cumplida y estaba segura de que había también personal de la CIA vigilando mis pasos en la isla. Fidel, además, me dijo que su hijo era «un hijo de Cuba».
—Este es mío también —respondí.
Empecé entonces a amenazarle con volver con papa para recuperarlo y aquello no le gustó nada, pero pese a ese enfado se mostró prácticamente todo el tiempo comprensivo conmigo. Me tumbé a su lado y empezamos a hacernos caricias y carantoñas. Él intentó dormir y quería descansar porque esa noche tenía que pronunciar un discurso que iba a centrar en el racismo y el odio, pero yo tenía preguntas y más preguntas. Como la adolescente enamorada, inconsciente y celosa que era, llegué a preguntarle si me estaba engañando y contestó, jocoso:
—¿Qué quieres que haga, aquí solo? Eso sí, tú sigues siendo mi Alemanita.
Al cabo de un rato se levantó de la cama, fue al baño a lavarse la cara, se puso unas botas limpias, me dijo que se tenía que ir y me dio un gran abrazo. Yo contesté que también tenía que marcharme y Fidel me dijo que no lo hiciera, que me quedara, pero los dos sabíamos que era imposible. Fue una despedida triste. Nadie ganó.
Una vez sola en ese cuarto reflexioné que si había algo a lo que no tenía derecho era a quitarle la vida a alguien por razón alguna, y menos por política, que además a mí me importaba un carajo. Creo que Fidel supo eso perfectamente. Me dije a mí misma que quería vivir e intentarlo de nuevo pero, pese a la claridad con que entendí todo aquello en aquel instante, también estaba confundida. Quería a Fidel y ansiaba quedarme, pero tenía que irme. ¿Qué iba a hacer con los seis mil dólares que me habían dado por si necesitaba sobornar a alguien, esconderme o salir huyendo? ¿Debía quedarme y pelear por mi hijo, hablar con Celia o con alguien más del entorno de Fidel para intentar encontrarlo?
Me empezó a abrumar pensar cómo le iba a explicar que no había llevado a cabo la misión y me recorrió una terrible ola de pavor, una sensación difícil de poner en palabras pero que era como estar en medio de un huracán y sentir que no podía escapar. Mi miedo era regresar.
Con lágrimas en los ojos, dejé esos seis mil dólares con una nota pidiéndole a Fidel que invirtiera el dinero en nuestro hijo, cogí anillos de puro de recuerdo y mi maletín de maquillaje, salí del cuarto y bajé. Después de saludar otra vez a los empleados que estaban tras el mostrador de recepción, observé que junto a la tienda había un hombre con un periódico y me dio la sensación de que era un agente estadounidense, sobre todo cuando me hizo un gesto con la cabeza como saludando al que yo le respondí igual. Probablemente pensó que había matado a Fidel y me marchaba llorando llena de emociones.
Pasé por el hotel Colina para cambiarme de nuevo, fui al aeropuerto y embarqué, como estaba previsto, en el avión que despegaba rumbo a Miami a las seis de la tarde.

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